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Bullying: perdido, nombrado y encontrado

Últimamente hay un mensaje que se cuela en mis conversaciones con cierta frecuencia; y es que las cosas que ahora tienen un nombre, antes existían, pero eran permitidas y asumidas. ¿Quizás el bullying sea una de ellas?

En muchas ocasiones he escuchado en el discurso adulto, lamentarse por algún momento de la infancia en la que él o ella fueron objetivo de burlas y señalamientos, o aquéllos que al contrario se dejaban llevar por el clamor popular y se alineaban en el grupo eligiendo una víctima sobre la que invertir las inseguridades.

Por suerte, el sentido crítico poco a poco comenzaba a hacer su trabajo, facilitando por un lado la empatía con el otro o bien asumiendo que había límites que no hay que traspasar, lo que menos mal ocurría en la mayor parte. Aun así, en muchas ocasiones, no se trataba de una simple burla por llevar gafas, sino que generaban grandes heridas a nivel interno suponiendo unas consecuencias importantes para el que lo sufría.

Hace años realicé un curso de cyberbullying en que se detallaban casos que se convirtieron en virales y en muchas ocasiones cuentan con un final verdaderamente dramático. La importancia que han adquirido las redes sociales en las nuevas formas de vinculación de los jóvenes conlleva, entre otras cosas, que determinadas problemáticas invadan totalmente la intimidad. Así, en un momento en el que uno duda y se siente inseguro de sus recursos, sentir que no puede evadirse de la dificultad puede llegar a convertir un problema en un auténtico alud.

La importancia de las relaciones sociales es un factor clave en la adolescencia y preadolescencia puesto que son los iguales el espejo de mayor importancia. Ser reconocido, querido, apoyado e integrado por el grupo es un valor añadido ante cualquier decisión. De ahí a que el acoso suela recaer en aquéllas identidades más precarias y con menor sustento social.

Pero el bullying es la consecuencia y algo que el adulto no debe olvidar; hay un gran trabajo en la prevención y la importancia de atender los vínculos que se van forjando en los más pequeños. La importancia del reconocimiento de las emociones propias y de las de los demás, pudiendo pensar lo que generamos con nuestros actos, podrá contribuir a reflexionar cuando evidenciamos que alguien se ha podido sentir dolido con nuestras palabras y nuestras actitudes.

Igualmente, la importancia de la denuncia grupal, puesto que el señalamiento de más de una persona puede hacer que el agresor pierda fuerza y sea más fácil su propio cuestionamiento.

Poner palabras a lo que ocurre nos permite elaborar, pensar lo sucedido y nombrar lo emocional poniendo freno a la acción, algo muy necesario en estos casos.

Lou, un breve corto de pixar pone de relieve con ternura también la fragilidad que puede encontrarse internamente en áquel que acosa, quién quizás no ha encontrado otras opciones a la hora de relacionarse con otros. Su manera de vincularse con el mundo es la de la generación de incordio y molestia. Desgraciadamente, esas llamadas de atención en la infancia pueden llegar a convertirse en una imposibilidad de trato y una imposición de la violencia.

Ojalá contribuir a que todo el mundo dé y encuentre los recursos necesarios.

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