Dinámicas familiares u otros cuentos navideños

Creo no estar equivocada al pensar que si a cada uno le preguntaran sobre qué cosas asociamos con la navidad, la palabra familia sería una de las opciones más repetidas. Toda nuestra tradición cultural nos devuelve la necesidad de compartir este tiempo con este núcleo y sus allegados, más allá de la polémica actual que rodea el término. Reencuentros, cenas, eventos o comidas con el único fin que el de dar rienda suelta al porvenir de nuestros vínculos.

También es un hecho recurrente escuchar expresiones del tipo “Si fuera por mí no haría nada” o “Casi mejor celebrarlo solo”, puesto que a veces la anticipación de estos encuentros navideños son vividos a partes iguales con tensión, incertidumbre e inquietud por los posibles encontronazos que pudieran aparecer ante la diferencia y la rememoración.

Y a pesar de esta ambivalencia tan humana, que rige o debería hacerlo la mayor parte de los vínculos importantes, puesto que diferenciarse implica también reconocerse, parece que no se termina de encontrar el equilibrio en la disparidad. Blanco o negro, obviando la maravillosa escala de grises.

Siguiendo la paradoja, una nueva variable forma parte de la ecuación este año, y ante mayor imposición de límites y restricciones, más parece buscarse saltarlos y celebrar con mayor ahínco; pareciera que se pretende obturar la ausencia, como una especie de negación defensiva en la que sentir la ilusión de estar protegido. Pareciera que nos movemos por la fantasía infantil de que en casa y con la familia nada puede sucedernos.

Ya que no es la intención de esta reflexión pretender dar una respuesta al por qué de la relevancia de la época navideña, al igual que tampoco dictaminar lo que se debe hacer o no, quizás todo podría resumirse en la evidente significación e importancia de nuestros vínculos, de aquellos vínculos que más nos significan y nos constituyen. Esa necesidad de reencontrarse con lo familiar que a nadie genera indiferencia.

Creo recordar que ya he hecho mención en otras entradas a este asunto, y es que uno aprende a ser en y con sus relaciones. Los vínculos, las relaciones y los grupos van conformando esas formas de percibir el entorno, a los demás, en fijar nuestra atención y entender lo que nos rodea. Nos movemos por el mundo continuamente acompañados por todos aquellos que han contribuido a ser como somos.

Por esta razón también, en las sesiones iniciales que preceden a un proceso psicoterapéutico se pretender hacer un pequeño recorrido por la historia de la persona que se tiene enfrente. Preguntar por la familia, las relaciones con ellos y la forma de verlos ayuda a adentrarse en la vida del que demanda.

Quizás sea este uno de los aspectos más esperables de lo de ir a terapia, las preguntas en relación a lo familiar. Pero, aunque resulte sorprendente, es recurrente encontrar algo de desconcierto sobre ciertas cuestiones, a lo que suele acompañar una cara sorpresiva ante el interés por la significación de la común respuesta “Lo normal”. Y estoy segura que si cada uno de nosotros nos detuviéramos en algún momento a observar al de al lado, repararíamos en la disparidad que uno puede encontrar en este concepto de la normalidad tratándose de rutinas y formas de proceder en lo familiar.

Desde la temprana infancia uno puede comenzar a corroborar las diferencias existentes entre la rutina de nuestra familia y la ajena. En cada núcleo familiar suele encontrarse instauradas ciertos hábitos muy propios, tan instaurados que uno puede llegar a asumir que se trata de la normalidad absoluta. Platos de la dieta que tan solo pueden saborearse en un determinado día, maneras de colocar los calcetines, manías a la hora de consumir un determinado producto, tendencia a realizar con un determinado orden una tarea…

Y solo cuando uno sale de este núcleo y pone un poco de distancia puede cuestionar el funcionamiento, su sentido y la importancia. Porque lo normal es relativo y porque es también en estas pequeñas cosas en las que uno va conformándose.

Por todas estas razones, parece más que necesario que para entenderse resulte primordial el ejercicio de devolver la mirada hacia este primer grupo del que uno forma parte, dónde nos guste o no siempre encontraremos nuestras primeras referencias. De ahí a que la navidad tampoco pueda resultar indiferente, puesto que la asociación también conduce a un espacio que reaviva nuestros recuerdos y cada recoveco que constituye nuestra identidad.

Esto de dar relevancia a la historia familiar también está encontrando un espacio importante en la literatura y el cine, por lo que siguiendo recomendaciones llegó a mis manos Léxico familiar de Natalia Ginzburg, que sin ser una novela bien podría serlo; es la misma autora quién pide y espera que sea leída de esta forma, pudiendo pedir al texto lo mismo que se pide a la ficción. Las memorias de Ginzburg van mostrando cuidadosamente a los personajes que conforman su familia mediante sus respuestas y posicionamientos en sus vínculos, lo que poco a poco perfila su relato, su historia.

Quizás no haya mejor manera de explicar la idiosincrasia familiar a la que me refiero: “Una de aquellas frases o palabras nos haría reconocernos los unos a los otros en la oscuridad de una gruta o entre millones de personas. Esas frases son nuestro latín, el vocabulario de nuestros días pasados (…), el testimonio de un núcleo vital que ya no existe, pero que sobrevive en sus textos, salvados de la furia de las aguas, de la corrosión del tiempo. Esas frases son la base de nuestra unidad familiar, que subsistirá mientras permanezcamos en el mundo, recreándose y resucitando en los puntos más diversos de la tierra.”

Esas palabras, esas maneras de entender y de responder son la carga que pesa en el inconsciente de cada uno, un legado familiar que a veces ni siquiera tiene una forma concreta.

Considero que el proceso de psicoterapia se trata en gran parte de esto, de reconciliarse con aquellas partes que detestamos y, por tanto, de esa parte familiar que también nos acompaña.

Y es quizás esa reconciliación lo que pueda contribuir a unas tranquilas cenas navideñas, más aun en este año que parecen tan necesarias.

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