Don Draper y la compulsión a la repetición

Don Draper es el galán por excelencia; el carisma convertido en personaje, la perfección de lo que en algún momento encarnó el sueño americano (y quizás no solo en este continente). A pesar de que este personaje probablemente no gozaría del beneplácito de gran parte de la sociedad actual, es indudable su enigmático atractivo.

Para aquél que se encuentre perdido, Don Draper era el personaje principal de la serie Mad men. Ambientada en la sociedad norteamericana de los años 60, nos da muestras de la evolución de una agencia de publicidad y simultáneamente de cada uno de sus personajes.

Intentando alejarme de cualquier spoiler, considero que no hay mejor personaje para entender la influencia de nuestros recovecos; que lo que se tiene o se ha conseguido, sirve de poco cuando nuestras aristas aún no han sido limadas.

Y es que el personaje mostrado en Mad men nos da cuenta de un hombre exitoso. Guapo, con una buena posición económica, es vitoreado y reconocido en su trabajo, en el que se le permiten toda clase de faltas; respecto a su vida personal, tiene una esposa perfecta, dos hijos y una casa en las afueras. Nada parece faltar en la ecuación. Aun así, parece que la insatisfacción marca su destino,  ¿por qué no disfrutar de lo aparentemente anhelado? ¿Por qué esta insatisfacción parece ser la constante?

A pesar de que la suerte parece acompañarle, lo curioso del personaje es visualizar como él mismo se encarga de llevar su situación de bienestar al límite una y otra y otra vez. Aun estando sus deseos cumplidos, hay algo más en su búsqueda que se escapa. El fracaso se convierte en el enganche. La serie te pone en bandeja las características de la vida pasada de este personaje, para que cada cual saque sus propias conclusiones e interpretaciones.

Y aunque quizás sea duro reconocerlo, todos tenemos un poco de Don en nuestra historia.

Estamos abocados a la repetición. Raro podría decirse que es aquél que cambia de recorrido cada vez que va a un lugar que frecuenta. Al igual que suele ser recurrente en un mismo grupo repetir aquélla anécdota que tanto divierte y hace reír; quizás apoyándose en la ilusión de que ese tiempo sigue siendo presente. Igualmente las rutinas se pueden volver mecánicas, tanto que se suele decir que uno termina actuando por inercia. Repetimos temas de conversación, al igual que repetimos elecciones. Y, obviamente, también repetimos síntomas.

Y es que hay algo en ese repetir que uno comienza a introyectarlo desde el comienzo, tal y como Freud apuntaba en sus primeras conceptualizaciones respecto a las llamadas pulsiones de autoconservación, como el hambre. Aprendemos y registramos rápidamente a satisfacer esta necesidad primaria, puesto que moviliza ese impulso por vivir.

Ahora bien, resulta curioso pensar en aquéllas otras cosas en las que uno puede caer en la repetición aun sabiendo que ese mismo suceso va a devenir en negativo y displacentero. Pretendo hacer referencia a aquéllas reacciones, que siendo tan mecánicas como las anteriormente descritas, parecen contar con cierto carácter destructivo hacia la persona.

Quizás la palabra destrucción nos haga caer en una espiral asociativa cargada de agresividad, como pensar en adicciones, síntomas excesivamente graves como podría ser una anorexia nerviosa o un intento de suicidio. Pero existe otro tipo de tendencia destructiva algo más sutil que cuenta con el mismo fin, el sabotaje de ciertas situaciones, que aunque se nos presenten como un auténtico deseo, uno parece hacer todo lo posible para que no resulten una experiencia satisfactoria.

También Freud identificó esta otra parte del psiquismo humano en Más allá del principio del placer, tras darse cuenta de esta propensión en algunos de sus pacientes; esto es, de la repetición de experiencias que habían sido dolorosas para el sujeto. Por lo que, al igual que había reconocido la existencia de un impulso de conservación, conocido como pulsión de vida, a esta otra antagónica parte la denominó pulsión de muerte.

La conceptualización, aunque pueda generar rechazo por el mismo apelativo, pretende dar un espacio a esa parte de agresividad, a la cara incoherente, con la que todo ser humano cuenta, aunque sea inhibida y esporádica en la mayor parte de los casos.

Estas reacciones pueden encontrarse en las más variopintas manifestaciones. Como el examen que paraliza y, aun habiéndolo estudiado a conciencia, se deja en blanco; las elecciones de pareja con un perfil tan antagónico que desde el principio uno puede llegar a predecir la imposibilidad de establecer una relación satisfactoria; los sabotajes constantes en el puesto de trabajo, a pesar de cumplir las anheladas expectativas;  relaciones marcadas siempre por la traición o el conflicto constante.

Todo ello encierra cierto impulso de destrucción, cierta ligazón al fracaso de forma compulsiva, que seguiría unos derroteros muy diferentes a la autoconservación anteriormente descrita.

Quizás al lector le cueste identificar en sí mismo esta tendencia perjudicial y es del todo comprensible, ¿cómo entender que uno quiera complicarse la vida? ¿Qué sentido tendría que los síntomas encontrarán una imperiosa necesidad a ser repetidos? ¿Por qué hacernos daño?

Desgraciadamente, la lógica no siempre dirige nuestros actos. La complejidad nos conforma y es indudable no reconocer que muchas veces obramos, aun a sabiendas que la experiencia puede que nos regalé una marca dolorosa.

Estas preguntas dan cuentas de parte del camino del proceso psicoterapéutico y aunque la repetición seguirá estando presente, poder entender lo que se busca en ella contribuye a poner algo de freno en esta compulsión tan humana.

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