Un Sillón de Mimbre

Hubo una vez un joven que tenía un objetivo muy claro en su vida; cada día se levantaba pensando en él y en la posibilidad de alcanzarlo, invirtiendo toda su energía en leer y formarse con el fin de adquirir todo el conocimiento posible. Se esforzaba en cada momento por mejorar todas las cualidades que pensaba le acercarían a él, fantaseando como si esta meta pudiera rozarla con las yemas de sus dedos. Tan inmiscuido estaba en su propósito que pasaba los días haciendo ensayos, importándole poco el entorno y apenas prestando atención a su alrededor.

Aun así, su tenacidad no terminaba de satisfacerle, por lo que decidió comenzar a leer historias de aquéllos que sí consiguieron sus propósitos, comparándose y adquiriendo ideas acerca de qué más podría hacer. Un día decidió probar suerte y seguir el ejemplo de uno de los que había alcanzado el éxito. Así lo intento una y otra vez.

La frustración apareció una vez más en nuestro protagonista. ¿Cómo era posible que a pesar de hacer todo del mismo modo no consiguiera ver los resultados como satisfactorios? Algo mal habría en el entorno que no le terminaba de facilitar ese camino al final deseado. ¿Quizás habría de cambiar de objetivo?

Esta historia es el extracto de El cuento del sillón de mimbre, relato publicado por Hermann Hesse en 1918. En una parte del relato, el pequeño sillón de mimbre le señala al obsesionado joven que quizás todo dependa de la perspectiva que está considerando, lo que termina por enfadarle más y decidir acabar con todo. Nuestro protagonista decidió seguir un objetivo sin reparar en sus circunstancias ni sus cualidades ni su historia; comenzó una búsqueda sin tenerse en cuenta.

Cuando releo este cuento siempre soy consciente de esta necesidad que muchas veces nos imponemos de actuar y hacer, volver a actuar y hacer y así repetidamente como si ambas acciones conllevarán al éxito sin restricciones. A veces uno actúa como si se siguiera un guion ante cualquier objetivo del que no se puede salir, ya sea dictaminado por nosotros o por otros. Y, ¿resultaría tan difícil reconsiderarlo?

Hay miles de ejemplos en la historia de la literatura y en el cine que nos muestran diferentes perspectivas de una historia, cambiando enormemente la concepción que tenemos de los hechos. A la memoria me viene la última película de David Fincher, Perdida, dónde una misma historia dista mucho en función de quién te la cuente. ¿Quién tiene razón? ¿Quién está en lo cierto?

Solemos confiar en quién nos narra, aceptando la visión que nos da y creyendo a ciencia cierta lo que nos está mostrando. Un giro en la historia descoloca, puesto que hemos apostado por nuestra percepción. Nos metemos en la trama, empatizamos y las hacemos nuestras; así,  cuando la cámara comienza a posarse en otros detalles, uno puede reparar en que esos pequeños apuntes ya estaban allí pero que no habían sido atendidos.

¿Y quizás esto mismo no podría generalizarse a nuestra vida diaria?

En función de lo que en un momento nos importe, nos preocupe o no interese posamos la mirada en unas cosas u otras. Resulta lógico que confiemos fielmente en nuestro criterio e intuición, pero existen situaciones en las que quizás barajar otras opciones puede resultar del todo útil. Nuestro día a día nos puede dar muestra de millones de nuevas opciones si queremos verlas; aunque tal y como le sucede al protagonista del sillón de mimbre, debemos encontrar nuestro propio camino, acompañado por otros pero no siguiendo otras directrices y obviando nuestra propia historia.

Cada cuál siempre tiene sus razones para tomar una u otra decisión, que a la vez te llevará a un sitio u otro; pero en este actuar, quizás es necesario a veces ser autocríticos con los fines hacia los que nos encaminamos, más aún cuando lo que hacemos no nos termina de generar esa sensación de seguridad y satisfacción cuando sé está convencido de lo que se hace.

A veces pienso que la terapia es esto, la búsqueda de una perspectiva en la que uno pueda sentirse más cómodo, que facilite esa relación con el ambiente, que el protagonista del cuento de Hesse no encuentra. Tan inmiscuido está en el objetivo que no repara en tener en cuenta que quizás por otro camino, el suyo, puede llegar a resultados más satisfactorios.

Buscando diversas acepciones del término psicoterapia siempre se pone hincapié en este hecho, el de conseguir que la persona desarrolle una vida que sea considerada más gratificante y satisfactoria, manejando sus conflictos y buscando alternativas a aquéllos aspectos que pueden enturbiar lo cotidiano.

¿Por qué a veces resulta tan costoso ver lo que queremos y ser consecuentes con nosotros mismos? Aquí uno debería no caer en pensamientos que conlleven más a lo destructivo que a lo contrario.  Uno no está preparado para prestar atención a ciertas cosas siempre. A veces no puede y no es cuestión de tenacidad o constancia, hay muchos otros aspectos que se interrelacionan en ello.

Quizás aquí viene la parte compleja del asunto que hace que los cambios no resulten tan sencillos, puesto ¿qué hay en juego en la perspectiva de cada uno? Nuestro protagonista comenzó por la pintura, probaría con la escritura y a saber que otras metas se pondría sin encontrar la satisfacción plena. Encontrar el camino propio no es fácil, pero desde luego puede ser posible.

SOLICITA UNA PRIMERA VALORACIÓN

Llámanos y te informaremos sin compromiso