Cuestión de tiempo

Mensajes e imágenes instantáneas que te permiten tener cerca al que está lejos; noticias de cualquier parte del mundo gracias a las cuáles estás informado y al día continuamente;  localizaciones directas y llamadas que permiten tener contacto siempre que sea necesario; emails con una posible respuesta a lo que necesitas en este mismo momento. Ahora. Ya. Sin esperas. Y así vivimos.

No mucho tiempo atrás me aventuré a comenzar un blog, donde esta idea de la inmediatez me rondaba por la cabeza. Sería un tanto hipócrita por mi parte si no reconociera las miles de ventajas que a todos nos reporta el contar, estar y tener todo tan disponible. Sí, son innumerables. Aunque quizás, respecto a lo que aquí me atañe, lo importante no resida en el hecho en concreto sino en la implicación, en las miles de consecuencias a las que nos pueden remitir.

En ese momento, yo me preguntaba lo siguiente, ¿es la espera algo innecesario?

No es descabellado pensar que uno pueda acostumbrarse a la accesibilidad del otro, de lo que deseamos saber o conocer, de vivir una experiencia y un sinfín de etcéteras más. Una vez que todo nos es presentado tan al alcance de la mano, resulta obvio que cuando algo nos requiera algo más de tiempo la molestia, el enfado o la frustración traten de acampar a sus anchas e imponerse en nuestras actitudes y quehaceres. ¿Puedo permitirme esta espera?, pareciera que nos interrogan estas sensaciones tan molestas.

Si echamos la vista atrás, seguro que encontramos más de un ejemplo dónde podemos alardear de intentos en los que hicimos de nuestra paciencia una virtud. Conductas que pueden parecernos tan nimias ahora mismo como andar, leer, nadar o montar en bici requirieron nuestro tiempo, nuestro hincapié y tesón en conseguir aquélla meta a la que aspirábamos.

Ahora bien, aquéllos aspectos de los que no somos conscientes de haber aprendido, ¿dónde comenzaron? La resistencia a ciertos cambios o alterarse ante determinadas circunstancias y no otras son aspectos intrínsecos de cada uno que tienen un origen. Creo que para mejorar la convivencia con nosotros mismos es importante considerar que todas aquéllas cosas que han ido conformando lo que hoy se es han necesitado mucho tiempo, muchas experiencias y muchos momentos diferentes. Sería del todo imposible pretender desaprender características  tan arraigadas sólo dictaminando a nuestra cabeza que eso deseamos cambiarlo.

Si quién soy es una respuesta difícil de responder, ¿es lógico que espere encontrar una respuesta inmediata a qué me ocurre? Por desgracia, (o por mucha suerte), uno no puede cambiar con la misma inmediatez con la que decide cambiar una foto de perfil, aunque la costumbre nos haga esperarlo.

Del mismo modo que en el post anterior señalaba una pregunta que repiten muchos pacientes, el tema del tiempo también suele ser recurrente. Es muy difícil ser paciente cuando uno no está pasando por su mejor momento; las respuestas también se desean ya, sin que apenas nos cueste esfuerzo.

Pero, ¿es posible exigir en todo la misma rapidez? ¿Es posible que todo se pueda adaptar a nuestros tiempos cotidianos?

Considero que el mecanismo del que se sirve la actividad onírica da muchas pistas de cómo  funciona nuestra psique. Seguro que aquél que lee recuerda algún sueño estrambótico en el que personas del pasado se entremezclan con el presente, lugares desconocidos son sentidos con comodidad y nos movemos de un lugar a otro con facilidad. Lo que nos ocurre o preocupa se condensa y desplaza conformando una historia que no suele seguir los criterios racionales.

Del mismo modo, en nuestra vida diurna una situación actual puede retrotraernos a otras experiencias vividas mucho tiempo atrás; así, la primera pérdida se recordará en la segunda, al igual que el primer desengaño aunque no reparemos en ello. Toda la información, toda la experiencia junto con nuestras reacciones y sentimientos se encuentran entremezclados tal y como hemos querido o podido ordenarlo. En todos nuestros actos hay muchos eslabones intermedios entre la causa y el efecto.

Así, resulta lógico necesitar tiempo para asumir la ausencia de quién ha estado mucho tiempo en nuestra vida y ya no está. Es obvio que un miedo que proviene desde la infancia o etapas anteriores, manifestándose de diversos modos, necesite un tiempo para deshacer su recorrido. Es recomendable no dejar de ser uno mismo, con lo bueno y lo malo, de manera abrupta; no reconocerse, aunque sea para bien, no va a hacer que esto sea más duradero.

Mi experiencia en la clínica me conlleva a señalar que este deseo de inmediatez en la terapia no suele conducir a unas respuestas que a la larga puedan ser satisfactorias. El tiempo que necesitamos cada uno dista mucho de una persona a otra. Bien es cierto que hay motivos de consulta específicos que pueden acotar esta espera, pero eso depende de la pregunta que uno quiera hacerse.

Ante esto, acuda o no uno a terapia, las exigencias que demandamos en otros aspectos no es posible generalizarlas en todo; que nuestra cotidianidad permita una serie de satisfacciones no debería hacer que esperemos que todo siga el mismo patrón.

¿Cuál es el tiempo normal que debo darme para superar aquello que me hace sentir así? No hay una media en esto, es el tuyo. El propio. Quizás sería más acertado preguntarse cuánto necesito o cuánto estoy dispuesto a darme.

A veces el mero hecho de asumir el tiempo que se tiene sin pensar en el siguiente paso relaja tanto como si las manecillas de un reloj se desplazarán a la inversa.

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