¿Necesito un psicólogo?

Probablemente, todo comience con una duda.

Siendo coherente con mi criterio, en la búsqueda de un sentido, y tomando un poco de perspectiva, quizás me aventuré demasiado saltándome pasos previos que irrumpen antes de que uno pueda replantearse ir o no a un psicólogo.

Partamos de este criterio base; algo ocurre o nos ha ocurrido que genera conflicto en uno mismo. Ahora bien, ¿lo que me replanteo es normal? ¿Puedo controlar esta situación yo solo? ¿Desaparecerá esta sensación con el tiempo?

He encontrado miles de formulaciones de este tipo, en las cuáles las respuestas y opiniones de allegados o aquéllos elegidos con quién se desea compartir quedan vagas y generan insatisfacción. Hay situaciones que escapan de todo ello, situaciones que conducen a veces a una manida pregunta que aterra y asusta: ¿estoy loco? No han sido ni una ni dos ni tres, las veces que aquél, que se encuentra frente a mí, me ha preguntado esta cuestión con mirada esperanzadora por encontrar una rotunda negativa que consiga rebajar esta angustia ante lo desconocido de nosotros mismos.

La locura ya no es lo que era ni se concibe del mismo modo. Mucho ha cambiado su concepción a lo largo de los años, llegando a convertirse en una palabra coloquial que roza lo absurdo de una situación que puede tacharse de inesperada y asombrosa. La locura ya no remite a ser desterrado de la sociedad, a llevar una camisa de fuerzas ni a que te puedan quemar en la hoguera.

Pero, ¿deja de asustar? Desde mi punto de vista, creo que no. Parece que la palabra en sí misma encierra algo más, como si del lado oscuro de la luna se tratase. Cierto halo de sospecha, recelo e incertidumbre se cobija frente a pequeños rincones de cada uno, frente al otro que de pronto comienza a comportarse de manera insólita, frente a lo desconocido e irracional.

Esta palabra, proveniente del latín, señala una desviación de la norma, de lo normal; simplemente esto. Algo que, mientras que hace unos años y unos siglos, podría ser totalmente predeterminante del futuro; ahora es considerado de manera muy diferente. En muchas ocasiones todos nos desviamos de la norma y, por qué no, incluso puede ser lo más acertado.

Ahora bien, ¿es esta la cuestión idónea? ¿Dónde me conduce ser tan crítico e hiriente, me atrevería a decir, conmigo mismo? Considero que uno no debe hacerse esta pregunta cuando se replantea esta demanda, quizás es inevitable caer en ella, pero la respuesta no va a conducir a lo que se busca. La cuestión no es si soy o no normal, si rozo la locura y me desvío de la normalidad aparente, sino que quiero hacer con esto que me ocurre. Porque es aquí cuando uno comienza a hacerse cargo de lo que le atañe.

El primer capítulo de Los soprano me parece una obra maestra que ejemplifica a lo que me refiero. En él se muestran las dos posibles opciones por las que uno decide pedir ayuda, bien por decisión personal o remitido por un tercero.

Aun así, tratándose del motivo del que se trate, aquélla persona que sufre, el que lo padece sabe y es en parte consciente de que algo no marcha del todo bien. “¿Podría ser más feliz?” se pregunta el protagonista, respondiéndose un probablemente sí, que prefiere despojar casi al instante.

El episodio muestra todas las dificultades que uno puede encontrar ante el silencio de esa persona desconocida que está dispuesta a escuchar, que proporciona el espacio y el tiempo, para que no solo te sientas escuchado por otro, sino por ti mismo.

Posiblemente, si pudiésemos hacer real la ficción, Tony Soprano también se preparó un discurso en su cabeza, hablaré de mi ansiedad y, como mucho, de los patos; aunque esto sirve de poco, porque no podemos escapar de nosotros mismos. Envuelto en su discurso, otros conflictos aparecen, familiares que no soporta y frente a los que tiene que hacer concesiones, una madre demandante, miedos, recuerdos…

En este capítulo se hace patente lo difícil que es mostrarse, ser coherente con uno mismo y asumir aquéllas cosas que pueden influir y que, en múltiples ocasiones, uno mismo quiere desechar. Confrontarse con ello, puede generar repulsión, frustración, ataque o defensa; queriendo escapar de esa sala dónde, en este caso Tony, decide sentarse.

Así, ante estos planteamientos uno puede tomar dos caminos: escucharse e intentar resolver sus dudas o, por el contrario, seguir colocándolas en un pequeño rincón de nuestra cabeza dónde no molesten.

Cuestionarse acerca de una ayuda profesional no tiene por qué ser bueno ni malo, ni tiene porque relacionarse con estar más o menos cuerdo. Después de todo, ¿estaríamos locos por querer conocernos más? En palabras del autor inglés Terry Eagleton “El conocimiento es una ayuda para la felicidad, no su antagonista” y creo que no hay mejor forma de considerarlo.

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