Jugar, crear y aprender

Asumo que probablemente muy pocas personas desconozcan el significado de las siglas TDAH, lo que a simple vista ya sería algo a tener en cuenta. También asumo que la gran parte de los psicoterapeutas infantiles han tenido frente a ellos más de un niño etiquetado con un trastorno de déficit de atención con hiperactividad. La infancia de muchos parece encontrarse escondida tras estos enormes distintivos, empañando en muchas ocasiones la historia que lo sustenta. Y es que, tanto de éste como de muchos otros, hay una proliferación de los trastornos de dificultades de aprendizaje. ¿Es que nos encontramos ante una involución en lo de aprender?

Hace poquito comencé a introducirme en la teoría de la psicología social que, como ya apuntaba Freud, quizás toda psicología debería ser considerada de este modo puesto que ningún individuo puede comenzar a considerarse sin otro.

Desde esta disciplina, Pichon-Riviére, propone como indicador de la salud psíquica de una persona su capacidad para desarrollar una actividad transformadora, es decir, de aprender. De este modo, la salud sería entendida como la capacidad de adaptación activa a la realidad, pretendiendo alejarse de la rigidez y la pasividad frente a nuestro entorno. Así, el aprendizaje es algo que se extiende mucho más allá de saberse o no las tablas de multiplicar, sino que puede ser entendido como actitudes desarrolladas de otros modos. Y lo que es mejor, algo posible de ser construido.

Teniendo todo esto cuenta, parece que algo está ocurriendo cuando proliferan este tipo de diagnósticos y las actitudes respecto al aprendizaje y la capacidad de adaptación parecen ponerse en tela de juicio constantemente.

Desde la pedagogía han sido muchas las voces que abogan por otro tipo de estrategias educativas. Por ejemplo, Ken Robinson, en su famosa charla que puede encontrarse sin mucha dificultad en las plataformas de la red, reafirmaba la necesidad de otorgar el estatus que se merece a la creatividad. En su opinión, el ámbito escolar continua encorsetado en prácticas poco adaptadas a los cambios encontrados en la sociedad, dónde la creatividad parece ser anulada más que motivada.

Este autor señalaba que los modelos educativos motivaban una connotación muy negativa de los errores, acostumbrándonos a no equivocarnos y, por tanto, a no entender el proceso lógico de todo aprendizaje.

Dejándome llevar por la asociación propia, la creatividad me hace pensar en el juego, teniendo muy presente su relevancia y necesidad en el mundo infantil. El juego es creación y libertad, aunque siempre dentro de ciertos límites.

Desde sus inicios, el psicoanálisis dotó de su relevancia puesto que somos y nos mostramos en nuestras creaciones. En las primeras teorizaciones se puso de relieve su papel, encontrando en los más pequeños determinadas repeticiones que contribuían a rebajar la angustia ante la ausencia materna, de ahí el famoso cucu-tras al que recurrimos en la más temprana infancia.

Melanie Klein entiende la técnica del juego dentro de la psicoterapia infantil con la misma relevancia que la asociación libre en los adultos (técnica señalada en la anterior entrada del blog); reconociendo su lenguaje simbólico como el principal modo de expresión, pudiendo así soportar las ausencias, llenando ese vacío con el despliegue de las fantasías. El juego es simple y complejo a la vez, permitiendo divertirse y reflexionar, representar lo que se desea. Jugando nos creamos y somos; el juego es terapéutico en sí mismo, apoyaba Winnicott.

Y quizás éste tampoco pueda ser entendido sin la fantasía, lo que junto a nuestra imaginación amplía nuestra experiencia. En La imaginación y el arte en la infancia, Vigotsky realiza un recorrido por la relevancia de la capacidad creadora y su influencia positiva. El psicólogo ruso encuentra una relación directa de la imaginación con la riqueza y variedad de la experiencia acumulada, alegando su relevancia para cualquier función cerebral. Así nuestras fantasías se irán erigiendo a partir de estímulos del mundo real, pudiéndose entender una relación de reciprocidad y dependencia entre realidad y experiencia.

De aquí se podría determinar como conclusión pedagógica la necesaria ampliación de la experiencia del niño; cuanta más experimentación, mayores elementos dispondrá en su imaginario y mayores imágenes servirán de expresión interna para nuestro mundo emocional. Puesto que Vigotsky no olvida esta parte, el enlace emocional que marca cada asociación en nuestra psique, entendiendo que la capacidad creadora extiende y ahonda en los sentimientos como actitud inexorable. Por lo que hacernos cargo de nuestro mundo emocional podrá marcar el modo de afrontamiento de un nuevo aprendizaje.

Así, parecen sobrar las razones para promover el fomento de la creatividad, del juego y de la fantasía dando libertad al movimiento del pensamiento.

Y a pesar de no querer arrojar ideas pesimistas, sí creo observar cierto carácter deficitario en la manera de jugar. La proliferación de las pantallas, videojuegos, videos y similares ponen imágenes concretas a una historia, y aunque yo también crecí viendo cine y dibujos, la reiteración e invasión con la que ahora nos encontramos parece más cercana a limitar y obturar este mundo interior.

El mundo emocional podrá enriquecer nuestra imaginación, nuestra capacidad creativa y el propio interés en el aprendizaje. Las dificultades encontradas posiblemente tampoco encuentren soluciones en generalizaciones diagnósticas, de ahí la importancia de desplegar espacios dónde puedan encontrar su interés, saliendo de razonamientos encorsetados y rígidos que quizás solo promueven un estar en el mundo pasivo y mecánico.

Jugando, se crea y se aprende; cada cual debería poder encontrar su ritmo sin miedo a equivocarse, ya que del error se puede volver a crear y aprender.

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