Dinámicas familiares 2.0

No sé si se trata de una sensación común, pero la extrañeza envuelve el recuerdo de las recientes fiestas navideñas atravesadas como si en una bailarina me hubiera convertido. Mis pensamientos deambulan entre el haber estado y la ensoñación de quién se acaba de despertar de una larga siesta, con el descoloque que la realidad impone, cuando sabes muy bien que no estás haciendo lo que la normalidad hubiera requerido.

A pesar del ya familiar fenómeno de extrañamiento, que parece envolver toda nuestra realidad, aún queda el recuerdo del empacho familiar que puede terminar generando esta época. Dada la situación y la importancia, no se me ocurría mejor manera que continuar este blog haciendo hincapié en la relevancia de las dinámicas familiares, puesto que a pesar del fin del tiempo navideño, la vida familiar no se detiene.

En la entrada anterior hacía referencia al sentido de preguntar sobre estas relaciones al comienzo de un proceso psicoterapéutico. La presencia de este factor es algo que se extiende de manera más directa en la psicoterapia de niños y adolescentes. Así no solo en las entrevistas iniciales, sino también a lo largo del proceso de la psicoterapia es frecuente tener sesiones con los padres.

¿Las razones? En ocasiones los síntomas también ponen de relieve una dificultad en el funcionamiento de un grupo y de las relaciones que entre ellos se establecen. Por ejemplo, en algunos casos de divorcio entre los padres, los hijos pueden dar voz a su malestar con conductas algo más disruptivas o mostrando dificultades académicas dónde hay una ausencia de explicación por otros factores. O en aquellos casos en los que hay una exigencia de cambio de actitud en los hijos que simultánea e inconscientemente está siendo fomentada por los propios progenitores. Ya sea en un caso u otro, cada uno está involucrado en lo que acontece.

Este trabajo con padres de manera directa podría parecer que facilitara el camino para el encuentro de soluciones, pero no suele ser un camino tan sencillo. Las resistencias pueden aparecer dando cuenta que es más fácil focalizar la dificultad en alguien que en todos, pero posiblemente estas dificultades para los cambios requieran una entrada más extensa.

Así, cuando el síntoma aparece en uno de los individuos del grupo familiar, puede poner de relieve alguna problemática que no está siendo escuchada y está siendo desplazada en alguien exclusivamente. En el trabajo con grupos es recurrente que sea uno de los participantes quién señale determinado malestar, discrepancia o inconveniente, dando cuenta de algo que suele tener que ver con el sentir grupal. Podría considerarse como una especie de portavoz de lo que les incumbe. De manera similar a veces aparecen algunos síntomas, permitiendo dar voz a un determinado funcionamiento. Así, es crucial entenderlo también desde el lugar dónde se manifiesta, desde este seno familiar.

Por todo ello, sintiendo caer en la repetición, reitero una vez más el poder innegable de lo familiar, una fuente de saber inagotable para entendernos que, en ocasiones, se extiende mucho más allá de nosotros mismos.

Porque se puede poner de relieve algo que puede ser nombrado pero, ¿qué ocurre con las cosas que permanecen en silencio? La psicoterapia siempre busca dar forma a los relatos internos y a estos silencios, puesto que a veces lo que más habla pueden ser nuestras omisiones.

Atiende Freud en Tótem y tabú al sentido de las prohibiciones, haciendo referencia a que cuando algo es prohibido con cierta intensidad es porque tiene la posible tendencia a querer ser cumplido con la misma fuerza pulsional; en lo que incluiría por prohibido todo aquello que se omite. Los tabús sin duda suelen contar con cierta carga emocional fuerte, todo aquello que no se dice pero está.

Quizás el que lee pueda encontrar ejemplos en su propia familia, en aquella conversación innombrable para alguien, aquellas situaciones que es mejor no tocar y que terminan contando con cierto halo de misterio o las mentiras que se conocen pero siguen siendo fingidas. Y este hecho se trata de una repetición, puesto que las entrevistas iniciales que acontecen en el inicio de la psicoterapia, suelen poner de relieve estos vacíos de conocimiento, que como el que lee un libro o ve una película pudiera sorprenderse de esa ausencia informativa que, desde fuera, podría ser considera tan importante.

Todas estas cosas no dichas, pero llevadas al acto (la empresa familiar que debe ser continuada, el nombre que debe repetirse o la construcción de vida que debe hacerse) forman parte de lo que se llamaría el mito familiar.

Un mito se trata de una historia imaginaria que altera las verdaderas cualidades de una persona; así el mito familiar cuenta con una relación íntima con la constitución de la identidad. Y es que en cada uno de nuestros grupos de referencia hay una transmisión psíquica, transgeneracional, de contenido a veces elaborado pero también desconocido, que yendo más allá de la comprensión pudiera tornarse en negativo, en una carga.

De manera un tanto burda puede observarse en las telenovelas de sobremesa, dónde el mito del abuelo-héroe impone unas normas de existencia que necesitan ser repetidas, un camino que no existe otra elección que ser andado. Ahora bien psíquicamente esto tiene unas consecuencias, puesto que en el proceso de construcción de quién somos se asentaría sobre un ideal desproporcionado, del que a la vez no se conoce contenido ni sentido, generando mucha confusión interna entre pasado, presente y futuro.

Siguiendo el hilo argumental tendente en estas ficciones, tarde o temprano, esto suele convertirse en un obstáculo, ¿cómo pertenecer encontrando mi lugar? La identificación es la forma originaria de establecer lazos afectivos, mientras construimos nuestros vínculos también nos construimos a nosotros. Todo el legado familiar nos estructura, genera un equilibrio y una cohesión necesaria para reforzarnos en ese proceso de saber quién somos e, igualmente, es una transmisión de la que uno no puede desprenderse.

Según Werba (2002), cuando existen dificultades en los padres para nombrar una experiencia emocional se provoca la incapacidad en sus hijos de dar una representación verbal y, por tanto, que la experiencia no sea simbolizada. Así lo que en una primera generación es indecible, en la segunda sería innombrable y algo impensable en la tercera, pero si existente en esa carga psíquica que hablamos, pudiendo aparecer en unos síntomas repetidos del mismo modo en el que son observados.  

Obviamente todo ello no exime de la responsabilidad individual en lo que nos incumbe y que el pasado de una explicación de todo; nuestro presente nos condiciona mucho. Tan solo señalar la relevancia que supone conocer nuestra historia y tener consciencia de toda la información que contienen nuestros actos.

La psicoterapia da un espacio para ver esta transmisión. Prestar atención en nuestra historia psíquica contribuirá a no caer en repeticiones sin ser, al menos, decididas. Tener esa libertad siempre se ha entendido como un triunfo.

Bibliografía:

Bianchini B., Capello M. y Vitalini, L (2008). Honores y cargas en la herencia del mito familiar. Revista Psicoanálisis e Intersubjetividad (Nº3).  

Freud. S (1912- 13). Tótem y tabú, Vol. XIII

Laguna Barnes, María del Valle (2004). Transmisión transgeneracional y situaciones traumáticas. Revista Temas de psicoanálisis.

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