Informados en exceso

Se concibe esta época como la era de la información y quizás no resulte un apelativo desacertado. Al alcance de la mano disponemos continuamente de todo tipo de contenido que satisfaga nuestras curiosidades o nos ayude a rememorar aquello que hemos olvidado y no nos podemos quitar de la cabeza. Así, miles de dispositivos y herramientas nos permiten saciar nuestras ansias de conocimiento; aunque, la pregunta que este hecho muchas veces me sugiere es, ¿todo el contenido del que disponemos es acertado?

Acabamos de padecer unas circunstancias dónde todo este exceso se ha puesto especialmente de manifiesto; la información en relación al COVID y la pandemia circulaba a gran velocidad, alarmando quizás más de la cuenta o dando pie a seguir consejos no del todo acertados. El contenido que tenemos tan a mano no siempre es veraz y pertinente.

Y al igual que imagino que en muchos otros ámbitos, esto se ha visto influido en el área de la salud mental. Los pacientes a veces acuden a la consulta con un diagnóstico certero, preciso y exhaustivo que procede, en la mayor parte de los casos, no de otro profesional, sino de diferentes aportes de una u otra página web. Y aunque pueda resultar paradójico, la existencia de un diagnóstico a veces obtura la posibilidad de encontrar soluciones, puesto que tener una determinada respuesta no contribuye a entender cómo se ha llegado a esa consecuencia.

Los contenidos que se encuentran suelen ser genéricos, categorizando el malestar en una serie de síntomas que, aunque a veces se repitan, pueden distar mucho de unas personas a otras. Así, se resume el sentir y el dolor del padecimiento de muchos, sin que sea difícil sentirse identificado, pero ¿es el sufrimiento humano algo que puede generalizarse tanto?

Obviamente, sentirse comprendido y encontrar que muchos otros pueden encontrarse en una situación similar ayuda y relaja; darse cuenta de que uno no es un bicho raro tranquiliza, pero a la vez uno puede distanciarse de su propia realidad. Hace mucho tiempo, leí y escuché una frase que me marcó y, posteriormente, me ayudó mucho a entender el trabajo como psicóloga. “Yo soy yo y mis circunstancias” afirmaba Ortega y Gasset y creo que no puede haber nada más acertado.

Si cada uno se compara con el sentir del otro, de muchos otros, estará perdiendo la perspectiva más importante, la propia. Y nada mejor que el entendimiento de uno mismo y como ha llegado a un punto u otro para poder hacer un recorrido por los pasos dados.

Así, resulta casi imposible imaginar que la ansiedad o la ira estén nutridas por los mismos factores en una persona u otra; bien es cierto, que las situaciones podrían ser similares, como una sensación de agobio antes una situación de la que se ve difícil escapar o decepciones recurrentes ante las expectativas con las que uno cuenta. Pero ¿todo el mundo tiene las mismas expectativas? Si se hace el ejercicio de escucha y reflexión, será toda una sorpresa ser consciente de las diferentes acepciones con las uno comprende un concepto.

Hace poco leí un libro que me pareció muy revelador frente a este hecho. Obviamente, se trata de ficción, pero a veces en la literatura uno puede encontrar significación a emociones y sensaciones que ni siquiera ha sido capaz de dar forma. El libro es de Paul Auster ( 4 3 2 1 ) y relata la vida de un personaje con diferentes versiones en función de las elecciones que él toma, las vivencias familiares y el aprendizaje personal. Todo ello va conformando una visión y percepción del mundo en el personaje, que, tratándose del mismo, terminan contando con posicionamientos psíquicos totalmente diferentes: elecciones de pareja y amigos diversas, proyectos laborales dispares o, incluso, una gran diferencia en cómo vivir la relación con la familia.

Desde mi punto de vista, esto es la vida real. Haciéndose cargo de la historia propia, cada uno puede entender por qué cuenta con esa manera de ver el mundo. Las circunstancias en las que uno ha crecido, aprendido y se ha vinculado constituyen la manera en la que uno se posiciona, percibe e interpreta la realidad.

Por ello, aunque los contenidos de muchas páginas de las redes sociales nos hagan no sentirnos solos y más comprendidos, las respuestas más importantes residen en las preguntas propias. Un texto o una información pueden ayudar mucho a conectar con algo que nos preocupa o nos genera incertidumbre, pero es importante no hacer de las palabras de otros algo propio, más aún sin tenernos en cuenta.

Para esto considero que sirve la psicoterapia, puesto que contribuye a poder cuestionarse sin juicios, los sentimientos y pensamientos que nos rondan y guían nuestros actos y decisiones y que, a veces, se convierten en algo sintomático de lo que nos es difícil escapar, pudiendo encontrarse paralizado e invadido.

Preguntémonos sin un guion definido, en el que cada uno pueda ser su protagonista.

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