Suficientes

Durante el tiempo de confinamiento muchos hogares han estado especialmente saturados, ya que una de las primeras medidas aceptadas conllevó el fin de las clases presenciales para niños y adolescentes, derivando impepinablemente en que sus padres optaran por el teletrabajo.

A partir de aquí las incógnitas para resolver la ecuación son múltiples y variadas bajo la variable común de jornadas interminables y agotadoras. Disponer de un solo ordenador y tener que utilizarlo a turnos, primando el horario escolar, idear actividades extraescolares entretenidas para que acotar la percepción de los días, realizar las tareas domésticas parcheando los pequeños ratos sin otros quehaceres, acudir a reuniones virtuales sin perder de vista por el rabillo del ojo que no hubiera ningún accidente doméstico, atender a llamadas telefónicas mientras cocinabas…un largo étcetera siempre basado en la ilusión de multiplicidad de brazos, piernas y alguna que otra capacidad más.

Todo ello ha puesto de relieve la necesidad de repensar la conciliación familiar, dados los límites encontrados en lo real sin poder sortearlos. Y, nuevamente, la paternidad se presenta como la experiencia por excelencia en esto de devolvernos límites y frustraciones, poniendo entre las cuerdas nuestro narcisismo o lo que pueda quedar de él.

Ante esto me resonaron en la cabeza las palabras del psicoanalista inglés Winnicott quien fue uno de los primeros en acercarse al ámbito de la clínica infantil; porque aunque cueste creerlo, dado el retroceso en ocasiones de discursos presentes en ciertas materias, muchos años atrás ya existieron voces que abogaban por defender la sensación de suficiencia más que la perfección.

Donald Winnicott reflexionó acerca de las etapas en la configuración del aparato psíquico en edades tempranas y su relación con las experiencias del exterior; así, para que el psiquismo vaya conformándose y superando etapas, puso relevancia el papel jugado por la figura materna, (quienquiera que sea quien ocupe este lugar puesto que no es necesario que se trate de la madre biológica en exclusiva).

Lo más característico de sus conceptualizaciones es poner énfasis en que esta figura es necesario que sea lo bastante buena o suficientemente buena; es decir, este porcentaje de incompletud, permite poner algo de distancia con el ideal, ahorrando un poco de culpa a todas aquellas madres a las que no les queda otra que asumir que la perfección no existe, que es inalcanzable y que colmar de manera íntegra las necesidades y deseos de ese bebe tan dependiente es imposible.

Winnicott reconoce que esta figura inicial debe ocuparse de una manera muy activa de cubrir estas primeras necesidades, pero que igual de importante es saber disminuir este papel a medida que el bebe va haciendo frente a los fracasos ante las satisfacciones y tolerando la frustración. Podríamos decir que se comenzaría por una intención de adaptación total a sus necesidades que poco a poco deberían ir en retroceso.

¿Cómo enfrentaría el bebe esta falta de figura materna? Winnicott reconoce cinco puntos:

  • La repetición de las experiencias permite asumir que la frustración tiene un límite; por ejemplo, cuando el bebe llora demandando comida normalmente sabe que esto es un tiempo determinado.
  • La mejoría en la percepción y entendimiento del proceso.
  • Comienzo de la actividad mental, es decir, mayor conciencia de sí mismo.
  • Las crecientes sensaciones de satisfacción relacionadas consigo mismo, por ejemplo, chupar sus manos y sus pies.
  • Las fantasías y revivir ciertas experiencias.

Estas primeras vivencias de frustración (obviamente sin una excesiva intensidad, esto no significa la desatención) permiten comenzar a asumir que no se puede tener todo lo que se desea al momento, fomentando a su vez  una percepción más real de los objetos, a los que se les quiere pero también se les puede odiar. Si una necesidad es colmada de manera continuada, se estará promoviendo más bien una idea algo mágica y fantasiosa de que todo puede llegar a ser perfecto. Asumir que a veces hay que esperar, que el otro no nos va a recibir y atender del modo que esperamos y necesitamos no suele ser algo que cumpla nuestras expectativas en la vida adulta.

Quizás también resulte importante señalar  que para poder asumir estas vivencias de frustración y displacer, Winnicott destaca la necesidad previa de haber atravesado experiencias reconfortantes y seguras.

Así, todos comenzamos nuestra andadura en el mundo bajo una ilusión de omnipotencia, todo lo poseemos. La difícil función posterior de esta figura cuidadora no podrá ser otra que ir desilusionando al bebe en esta experiencia, algo no muy complejo cuando uno pone los pies en la realidad y piensa en las facilidades de la conciliación.

La tarea de aceptación de la realidad es algo que nunca queda terminado; el proceso de desilusión siempre nos acompañara siendo gradual.

Queda pendiente para entradas posteriores los derroteros de estos inicios de construcción de la ilusión, es decir, aquello que en realidad  no se tiene pero uno percibe erróneamente que sí. A partir de estas experiencias comenzarían a constituirse los llamados objetos transicionales, aquéllos que permiten favorecer el proceso de separación entre madre – hijo, la salida de aquellos espacios de cuidado y seguridad.

Siguiendo las teorizaciones de Winnicott, ya sea en los inicios, en el primer año, en edades sucesivas o atravesando otro confinamiento, está bien recordarse que los errores pueden y deben permitirse. La completud en eso de satisfacer al otro es imposible aunque de nuestros hijos se trate; tengamos presente que la buena madre no es perfecta, es suficiente y real.

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