Nuestro dilema social

Un dilema es una duda, dos proposiciones contrarias que se nos presentan frente a los ojos. Cuando una de ellas es negada, quedaría demostrado aquello que se intenta probar. Que el nuevo documental de Netflix sobre redes sociales se llame el dilema social, quizás ya nos ponga frente a las cuerdas desde un comienzo.  

¿Es posible usar las redes sociales sin caer en su manipulación? ¿Existe la posibilidad de adentrarse en ellas con cierto equilibrio? ¿Podrían ser utilizadas sin tender a la deseabilidad social? ¿Los adolescentes pueden vivir al margen de las redes sociales sin caer en exclusión? ¿Cómo esto desgasta nuestras relaciones sociales?

Al visibilizarlo se me ocurre más de una disyuntiva complicada de resolver, quedando cierto recuerdo ansioso sobre el mundo en el que uno se adentra y generando unas ganas atroces de apartar los dispositivos que se tienen al alcance; quizás hasta roza lo cómico, por la terrible paradoja que supone, que aquéllos que se han lucrado den lecciones de uso y pongan de manifiesto el grave peligro que encierran.

Desde luego no resulta nada tranquilizador que las palabras adicción y manipulación sean las más repetidas en los discursos.  A pesar de ya encontrarse normalizado, no deja de resultarme siniestro ver repetidamente anuncios sobre aquello que uno ha buscado previamente, aunque se haya tratado de un error. Se nos da la bienvenida al mundo de la necesidad creada casi por mera repetición. La red te sumerge en el mundo de la perspectiva acotada, ¿cómo construir un pensamiento crítico cuando solo se te devuelven los mismos mensajes?

Con la intención de rebajar mis propios niveles de angustia, ante la incómoda sensación de sentirme manipulada, quiero creer que la persona adulta puede llegar a cuestionarse esas necesidades, que cuenta con más recursos, aunque sea por mero aprendizaje, a la hora de vincularse, buscar información o comprar. Pero, ¿qué ocurre con las generaciones que han conocido este modo como el principal?

El documental mismo nos empuja a ponernos en la piel de una niña y un adolescente. La dramatización realizada por la familia, aunque un tanto forzada e insulsa, me hace pensar en la evidente ausencia de límites, la sensación de abandono en los vínculos y la ineficacia de castigos llevados al extremo por unos padres un tanto ausentes. Dicho esto, genera preocupación que el vínculo más estrecho que se pueda observar sea entre la niña y su dispositivo o entre el adolescente y el suyo, quedando en evidencia lo relegado que quedó la comunicación directa con los demás.

La imagen y su ideal, así como la inmediatez de los refuerzos parece ser lo indispensable, sino se cumple estas fuera de esta red. La importancia otorgada a lo que se muestra es llevada al extremo, hasta el punto que la realidad parece convertirse en el decorado que permite jugar la vida en la red.

Esta misma semana escuchaba a unos padres angustiados haciendo mención a que pareciera que es el móvil lo único que genera emoción en su hijo, como si el mundo externo se redujera solo a eso. Es cierto que el móvil concentra todo lo que más les importa, el vínculo con los iguales se encuentra mediado por estos dispositivos y las redes sociales; pero no debemos olvidar que no es la única herramienta.

La familia y las relaciones que la conforman constituyen el espacio intermedio entre el sujeto y lo social. Es indudable la relevancia de lo que uno aprende en el núcleo familiar, uno mira al mundo con los filtros nutridos en las enseñanzas familiares; los padres y hermanos se convierten en figuras referentes sin poder elegirlo. Y, aunque poco a poco uno se pueda ir alejando de estas posiciones, su peso siempre tendrá su relevancia. Por esta razón, resulta tan esencial que haya un lugar significativo para la comunicación y el cuidado de estos vínculos.

Ni qué decir tiene que carecería de sentido negar la relevancia del uso de las redes; ahora bien, tener muy presente su uso equilibrado, con límites definidos y con otros complementos, como el ejemplo propio.

Además, no se debería perder de vista que pueden convertirse en un arma de doble filo. Los casos de bullying realzan el carácter invasivo de las mismas, pudiendo entrar por cada pequeño espacio de nuestra intimidad. Así, el propio hogar pasa a convertirse en un espacio dónde no sentirse cómodo y en calma, imposibilitando una distancia con la problemática.

Visualizar con los más pequeños y, sobretodo, con adolescentes este documental junto con algún que otro capítulo de la serie Black Mirror (La mirada ajena y las redes sociales) podría ayudar, con un consecuente diálogo, a promover este pensamiento crítico en relación con las redes. Contextualizar la importancia de los mensajes de refuerzo que se reciben, así como comentarios negativos, y tener presente que las relaciones no solo son valorables a través de los like y mucho menos la valía personal.

Como padres no se debería perder de vista todo lo que sigue conforman la construcción de su identidad; sus gustos, aficiones y preferencias tienen un espejo directo en lo que se visualiza.

Somos mucho más que nuestro perfil en las redes, dónde solo se muestra aquello que queremos que sea visto. A pesar de los ataques publicitarios, nuestros deseos siempre irán un paso por delante.  

SOLICITA UNA PRIMERA VALORACIÓN

Llámanos y te informaremos sin compromiso

Deja una respuesta