Ansiedad, esa común compañía

La ansiedad invade nuestro discurso, el de todos. Raro es el día que no escuche hablar sobre ella, como si de un miembro más de la familia se tratara. Me acompañó durante todo el día, apareció de repente, no me dejó dormir, estuve con… Si uno se para a escuchar, pareciera que se hablara de una vieja e incómoda amiga un tanto incapacitante para hacer deberes y planes; aun así, no todo resulta dañino, también parece acompañar.

Otra de las peculiaridades que siguen llamando mi atención, es esa forma de hablar de ella de un modo generalizado, como si siempre se tratara de lo mismo y fuera conocida por todos. En cambio, nadie suele dar por hecho que cuando compartes que te sientes triste o algo te ha enfadado, los demás puedan saber exactamente que sientes, la intensidad y las características de ese sentimiento. Todo lo contrario, si alguien cercano nos habla de esas sensaciones, la tendencia siempre es intentar indagar acerca de lo que le ha ocurrido; es decir, solemos contextualizar lo que nos ocurre.

Así, parece que las sensaciones de ahogo, el dolor en el pecho, la sudoración, los dolores corporales, entre otro sinfín de síntomas asociados, provienen de una entidad endiablada que viene del afuera para invadir nuestro bienestar interior. Quizás esto se trata del principal error, atribuir al afuera una sensación tan interna.

Quién lo padece suele comenzar a rehusar ciertos planes, rechazar ciertos lugares o actividades, para comenzar a recluirse en su casa, como si de ese modo se asegurara disminuir su aparición. Lamentablemente, más bien se trata de todo lo contrario; comenzar a reconocerlo como algo propio e interno, suele ser el primer paso para dejar de huir de lo irremediablemente imposible, uno mismo.

Repensando este síntoma que socialmente parece ahogarnos, cayó en mis manos el libro del psicoanalista Fernando Martín Aduriz, La ansiedad que no cesa, quién disecciona el significante arrojando bastante luz sobre su sentido de aparición y permanencia; por lo que recomendaría su lectura no solo para el analista en formación, sino para todo aquél que se encuentre enroscado en su sintomatología.

Martín Aduriz hace referencia a la importancia de reconocer la ansiedad como una señal, es decir, no se trata del problema en sí mismo, sino algo que nos da muestra de lo otro que ocurre. Así, la ansiedad es la manifestación de una angustia interna, por lo que el quid de la cuestión reside en intentar contestar la sencilla pregunta, ¿qué es lo que me angustia?

Aunque no deberíamos dejarnos conducir por el engaño de su aparente simplicidad, puesto que lo complejo de la respuesta es que normalmente se nos da muy bien jugar al despiste con aquello que produce sentimientos desagradables.

De ahí a que la sintomatología física comience a ocupar gran parte del pensamiento de quién lo sufre, focalizándose en las sensaciones corporales y recurriendo a la visita de multitud de especialistas con el deseo de ubicar citado malestar. La cuestión es que ahí estaremos obviando algo crucial, cuerpo y mente se retroalimentan y uno no puede pensarse sin el otro; por lo que estas consultas, suelen tener un desenlace similar.

En mi experiencia clínica, siempre que el paciente ha comenzado a dar un valor y un espacio, tanto físico como mental, al resto de ámbitos de su vida dados de lado por sus síntomas, éstos comienzan a perder esa intensidad. Siempre hay un trasfondo que nutre estas sensaciones propiciando un deseo de huida.  

Y ese trasfondo, la cura de esta ansiedad y su angustia subyacente, pasa por encontrar la conexión con la historia del sujeto. El síntoma es subjetivo, habla de nosotros y nuestra historia, eso es lo que debería ser escuchado. Es posible que aquello que ha dado origen a los síntomas se trate de diversas experiencias dónde la sensación de control, tan engañosamente asumida en la actualidad, dé lugar a una falla en la que uno se pueda haber sentido al descubierto, vulnerable.

Irremediablemente, en esta sociedad de la prisa y la imposibilidad de la espera, no resulta sorprendente encontrar una gran variedad de técnicas para su combate, alejados de este necesario tiempo de reflexión.  Por ejemplo, las técnicas de relajación contribuirán a sobrellevar los ataques ansiosos, pero no a calmar el motor que sustenta el vacío que sentimos.

Las redes se encuentran colapsadas de multiplicidad de grupos que comparten diagnósticos y pautas con resultados extraordinarios, a lo que habría que añadir el creciente uso de ansiolíticos, para obturar las sensaciones y de paso los pensamientos que nos acercan a nuestro interior. Entiendo que, ante la desesperada, uno busque respuestas allí dónde se ofrecen una variedad de las mismas de manera inmediata y sin apenas esfuerzos, pero la mayor parte de esos atajos solo conducen a una mayor intensificación de estas sensaciones.

El intento de obtención de respuestas rápidas conlleva a caer en generalidades dónde uno es lógico que se pierda y angustie todavía más. Lo que sustenta nuestras sensaciones y nuestros afectos no es posible que encuentre una respuesta en otro que no sea yo mismo.

Lamentablemente, no hay claves para una resolución milagrosa ni pautas posibles con la solución mágica para que el malestar desaparezca.

A veces somos frágiles; a veces somos vulnerables. Quizás estaría bien reconciliarse con la compañía de aquello que nos falta.

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