Ojo ajeno

Estefanía acaba de ser ascendida en un puesto muy deseado. A pesar de ello, la satisfacción que debería sentir parece encontrarse ensombrecida por una compañera con la que su puesto debe complementarse. No es necesario trabajar conjuntamente, pero la relación tiene que ser directa y continua. A pesar de que éstos no fueron los motivos que le llevaron a comenzar un proceso psicoterapéutico, las últimas sesiones han estado totalmente invadidas en su discurso por el rechazo hacia su compañera, las discrepancias y la crítica constante hacia ella. Según Estefanía no puede evitar sentir tensión al verla, le incomoda y le resulta individualista y egoísta en su manera de trabajar. Le genera una gran animadversión.

Por otro lado, Andrés asume que no poder ser claro con su mujer respecto a algunas actitudes de su hermano cada vez le está haciendo más mella; cuando toma conciencia le resulta del todo incoherente. Su cabeza se encuentra en conflicto entre restar importancia y pretender olvidarse cuando no hay un contacto directo, a no soportar tener un atisbo de noticia de su cuñado. Sus reacciones le dan una rabia tremenda, por no señalar que no entiende el engrandecimiento de sus actos por toda su familia, menos aún por parte de su mujer. Su cuñado está presente en su cabeza y así también lo muestra el contenido de las sesiones. No puede soportarle, sus comentarios le irritan enormemente.

A veces es más sencillo hablar de los demás que de uno mismo, por no decir siempre. Aunque los casos de Andrés y Estefanía se tratan de pura ficción, bien podrían ser casos reales. Son situaciones que con frecuencia ocurren en el ámbito clínico y es que a pesar de que uno pueda tener claro el motivo de consulta, los derroteros por los que en ocasiones se van nuestras emociones pueden ser unos muy diferentes.

Cierto es que las relaciones con determinadas personas pueden convertirse en conflictivas, removiéndonos ciertas situaciones internas antes vividas. Pero en este caso, pretendo hacer referencia a cuando el proceder de alguien cercano nos genera sentimientos que podrían considerarse desproporcionados.

He de reconocer que me resulta llamativo este suceso, más aún cuando me reconozco a mí misma siendo víctima de situaciones similares. Y es que con cierta frecuencia uno puede invertir una gran cantidad de tiempo en hablar y pensar sobre otro, en intentar entender por qué reacciona de determinada manera o, incluso, enroscarse en la frustración de por qué actúa de la forma en que lo hace. El pensamiento puede dar vueltas y vueltas sobre lo que hacen o deshacen los demás.

¿No sería más fructífero centrar el foco en uno mismo?

Apoyándome en el refranero español, quizás no hay manera más gráfica que señalar que solemos ver la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el nuestro.

Existe un término psicoanalítico que nombra este suceso, la proyección. Se trataría de la atribución que hace una persona de aspectos de uno mismo en otro, es decir, deseos o actitudes que él no reconoce en sí mismo. Siguiendo con el ejemplo anterior, probablemente exista algo en la actitud de su compañera que a Estefanía le resulta familiar; quizás la forma de gestionar determinada situación, es algo de lo que ella desea escapar y verlo en otro le desagrada y molesta.

Este mecanismo de proyección se trataría de una defensa con la que cuenta nuestro psiquismo. Tal y como comentaba en la entrada anterior, nuestro aparato psíquico, nuestra mente, tiende a no tolerar bien el displacer (algo lógico por otra parte si uno se para a pensarlo), así cuando algo de nosotros mismos nos resulta incómodo tendemos a colocar fuera. Sería más o menos como una pantalla.

En este mecanismo también se basa la construcción de muchos síntomas; por ejemplo, en las fobias, ataques de pánico o crisis de ansiedad, el yo se comporta como si el origen del malestar se encontrara fuera y no dentro de la persona.

Y, ¿cómo es posible que nosotros mismos tendamos a este engaño?

Si entendemos estos mecanismo como defensas, resultarían como una especie de atajo, un apoyo que ha encontrado nuestra cabeza para “resolver” una determinada situación, que quizás siguiendo por otros derroteros resultaría mucho más compleja y dolorosa; digamos que nos ahorra algo de malestar aparentemente. Por ejemplo, una toma de decisión que encierra una disyuntiva complicada para la persona no es tan sencillo que sea resuelta; a veces uno evita y pospone y en ese camino se puede ir enredando con otros asuntos.

Quizás sea algo que nos resulte difícil identificar en nosotros mismos, pero no dude que probablemente en muchas ocasiones haya recurrido a su proceder.

Por si resultase más sencillo de observar, este hecho se encuentra en relación con la introyección, que supondría lo opuesto al anterior, es decir, reconocer como propios aquellos objetos que suponen una fuente de placer para el sujeto.

La psicoanalista Melanie Klein consideró la importancia de este proceso en la constitución del psiquismo en niños, señalándolo como un proceso primario mediante el cual comenzarían a establecerse relaciones emocionales con los objetos. Hasta estadios de crecimiento avanzados, los niños tienden a identificar todo lo bueno con el yo, así como todo lo negativo fuera de ellos.

Igualmente la introyección puede ser observada de manera más sencilla en adolescentes, los que suelen alardear de rodearse de muy buenos amigos, siendo éstos afines y con los que comparten prácticamente todo. “Nos llevamos genial, es igual que yo” suelen repetir en sus discursos; como si tratarse de un igual asegurara ser una persona estupenda.

Sea como sea, es indudable la relevancia de las relaciones en nuestra constitución. Resulta muy curioso el papel que juegan los demás en esto de reconocerse y concebirse a uno mismo y todo lo que se alarga este proceso. De ahí que resulte tan importante cuestionarse de dónde proceden nuestras identificaciones y referencias; dada la importancia y extensión de la temática quizás sea conveniente utilizar una próxima entrada para seguir reflexionando sobre ello.  

Igual de importante sería comenzar a preguntarse qué es lo que tiene que ver conmigo aquéllas cosas que detestamos fervientemente en otros.

Quizás cuando damos por sentado lo mucho que nos conocemos, todos deberíamos poner en duda tan atrevida certeza. Nada puede resultar más difícil que ser crítico con uno mismo.

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