Yo y los otros

Escucho a una adolescente frustrada por no poder relacionarse con soltura; desearía conocer gente nueva y aumentar el número de amistades, pero en la distancia las conversaciones resultan más complicadas de ser iniciadas. En los días alternos, cuando al fin le toca ir a clase, tras el sonido del timbre todo el mundo se apresura a volver a casa.

También escucho a un joven saboreando el triunfo de haber conseguido su primer trabajo. El aprendizaje, la mejora y la construcción de un lugar más allá del empeño académico se encuentran empañadas por la incertidumbre de su duración. Nada hay de lo que esperaba, ni cafés compartidos ni salidas nocturnas ni un nuevo grupo social en el que apoyarse. En las reuniones online la distancia se evidencia aún más. El deseo de volver a lo presencial es como un mantra que ocupa sus pensamientos. Ojalá sentir esa pesadumbre de cada día. Añora la prisa por las calles para llegar a tiempo.

Desde hace semanas encuentro esta angustia común, la evidencia del vacío que antes estaba ocupado por otros, por muchos. Y es que pareciera que la individualidad se apodera de nosotros. Obvio es que no tenemos otra opción que delimitar nuestros encuentros sociales, pero ¿quizás hay también una elusión extra de contacto con el otro? ¿Cómo nos repercutirá tanta distancia?

En la anterior entrada del blog, hablaba de la importancia del papel de los demás para posicionarse, para tener claro quién somos y como queremos actuar. Así, los mecanismos de proyección e introyección, estrechamente unidos con este papel cumplido por los que nos acompañan, nos ayudan a interiorizar aquello que nos agrada y quizás reforzarlo. Del mismo modo que pueden resultar de utilidad para comenzar a identificar aquello que no nos gusta y desearíamos cambiar.

Otro de los procesos psicológicos agregados en esto de comenzar a construirse son las identificaciones y es que el sujeto se constituye a partir de ellas. Ocurre cuando asimilamos un determinado aspecto de alguien que nos agrada, un atributo que, ya sea de manera total o parcial, queremos que forme parte de nosotros. Nos transformamos en esto que vemos en los demás. Así nuestra personalidad no solo se constituye a partir de lo que queremos incorporar, sino que también ayuda a diferenciarse de aquello que rechazamos.

Por lo tanto, de nuevo se nos devuelve lo primordial del papel jugado por los demás.

En anteriores entradas también me he apoyado en las formulaciones teóricas de Sigmund Freud para hablar de esta constitución de nuestro psiquismo. Señalaba que tanto en el mecanismo de proyección como en la construcción de síntomas, con su consecuente repetición, se ponía en juego una defensa, resultando del todo paradójico encontrar en uno mismo esta tendencia generadora de malestar. En gran parte por esta razón, Freud llegó a resalta este carácter engañoso de nuestro yo.

A pesar de sus múltiples aportaciones que arrojaron mucha luz sobre el entendimiento de la psique, los desarrollos teóricos del padre del psicoanálisis estuvieron muy centrados en lo individual. Aun así, en sus últimos escritos el papel de la cultura, la sociedad y el grupo comenzó a ganar protagonismo en sus escritos, sobretodo tan marcado por los graves conflictos que tuvieron que padecer a principios del siglo XX.

Así, una de sus preguntas sin respuesta giro en torno al sinsentido que justamente aquello construido por el hombre, la sociedad y la cultura, continuaba siendo un gran origen de nuestro malestar. Dado su relevancia, parece que el único camino que le quedó a Freud fue reconocer que quizás toda psicología es social, puesto que siempre está involucrado el otro.

Posteriormente, muchos han sido los psicoanalistas que han otorgado un mayor protagonismo de lo social y su incidencia. Uno de ellos fue Pichon-Riviére, psiquiatra argentino que centro sus desarrollos teóricos en la importancia del papel ejercido por los otros, por el grupo.

En sus concepciones, señala que la estructura inconsciente no puede estar sino determinada por los demás, ya las necesidades siempre son satisfechas socialmente. Las formas de relacionarnos, la forma en la que nos organizamos nos determina constantemente; de ahí esa incansable fuente de referencias que todos terminamos encontrando en nuestra infancia, en el comienzo de las andaduras de los vínculos con los demás.

Y son en los vínculos dónde podemos encontrar diferentes versiones de una misma experiencia. Así, es en la confrontación con los demás dónde puedo encontrar también otras versiones de mí mismo, lo que a su vez puede generar ciertos cambios y transformaciones al reflexionar sobre ellas. Porque pensemos, ¿uno es igual tras haber pasado por una experiencia grupal? ¿Tras haber construido relaciones en un trabajo y cambiar a otro por ejemplo? ¿Me muestro igual en todos los grupos dónde formo parte?

Quizás es impensable reflexionar acerca de nosotros sin tener en cuenta esta ida y vuelta con el afuera, con nuestro entorno. Hasta en aquellos aquéllos casos de interrelación más limitada, suele haber otro que es rechazado, que colocamos como dique frente a lo que somos. Las formulaciones de Pichón siguen esta línea de entender al sujeto como una producción de la configuración relacional.

Y es cierto que cuando uno escucha, raro es el discurso que no se nutre de las referencias del afuera, gran parte de nuestro sentir está basado en estas referencias de los otros. Por lo que, ¿cómo es posible no sentir algo de vacío ahora cuando estamos tan lejos?

En estos días leí un artículo que evidenciaba que el 44% de las personas que teletrabajan se sienten más solos y aislados en este desempeño, a lo que es indudable añadir unas consecuencias futuras; por no contar con el aumento de casos en los que el bienestar mental comienza a verse dañado.

Al igual que el lazo social nos nutre, su debilitamiento puede tener su incidencia en las identificaciones, llegando incluso a poder visualizar al otro como un rival. Quizás deberíamos tener más presente que una fragmentación respecto a los otros, puede llegar a constituir una fragmentación con nuestra subjetividad. Ante esto me reitero, no cesemos de reflexionar sobre su afección.

Me viene a la cabeza la película La habitación de Lenny Abrahamson, y es que a pesar de que su encierro difiere de una situación de pandemia, me asombró la capacidad de la madre para hacer de ese microespacio un lugar capaz de estimular cada aspecto necesario en el desarrollo de un niño. Y es que a veces nuestros recursos no se dejan amedrentar por la adversidad.

Así, por ahora quizás resultaría importante fomentar todos aquellos caminos que contribuyen a sentir a los demás un poquito más cerca y que nuestra capacidad de adaptación se refuerce una vez más.

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