Perder y Elaborar

Quizás uno de los aspectos más complicados de esta profesión es acompañar y acoger en las pérdidas, en aquellos duelos que todos nos vemos obligados a atravesar. Y es que por mucho que nos resistamos a ellos son algo irremediable que nos conforma y constituye.

Esas pérdidas, que ahora tenemos todos tan a mano, remueven los cimientos de nuestra existencia y suelen estar acompañadas por preguntas de difícil respuesta, que quedan en el aire, tornándose necesario acostumbrarse a su compañía.

Este acompañamiento también me ha enseñado lo mucho que nos cuesta asumirlas, aunque hayamos atravesado por más de las que seamos del todo conscientes.

Asumimos muchas cosas de las que tenemos que despedirnos, quizás porque a veces lo que nos espera tras esas despedidas se convierte en algo más placentero. A veces la adolescencia y sus ansias de libertad es tan esperada, que uno no repara en todo lo que deja atrás en la infancia; al igual que ciertas relaciones de pareja que llegan a convertirse en claustrofóbicas, deseando una independencia para llevar las riendas de la cotidianidad. Y así superamos muchas transiciones. La normalidad un día se convierte en extrañeza en otro y así continuamente; algo fácil cuando conlleva un tiempo y, sobretodo, una elección.

Ahora bien, cuando algo irrumpe sin poder predecirlo, el factor sorpresivo paraliza, puesto que se nos impone una realidad diferente que debe ser asumida. Este aspecto es lo que suele convertir un duelo en un proceso aún más complejo, la imposibilidad de anticiparlo.

Desgraciadamente, los duelos a los que nos estamos enfrentando con la pandemia cumplen todos los requisitos para augurar una complicada resolución. Puesto que no solo las emociones desbordan al igual que siempre, sino que los mecanismos de los que solemos disponer para contenerlos no son tales. La soledad acompaña todo el proceso, existe una incomprensión y una falta de información de principio a fin, generando un aurea de incertidumbre insostenible. Todo ello con el agregado que suele preceder a una muerte natural, como la culpa, el enfado o la necesidad de saber cómo se fue el ser querido.

Otro agravante lo encontramos en lo social, que tanto ayuda a contener y apoyarse, también evaporado. Por ello, aunque cueste, resulta de vital importancia apoyarse en los recursos de los que se disponga para encontrar ese hombro familiar, a pesar de que haya una pantalla entre medias.

Aquello que perdemos supone un estallido en la historia de la relación con otro o con uno mismo; un cambio abrupto que afecta a nuestras circunstancias sociales, a nuestras emociones, a nuestro día a día. Tener presente la realidad anterior puede suponer que los recuerdos nos abrumen; la relación que teníamos con aquello que se ha perdido va a determinar cómo llevemos su elaboración. Así, si se trataba de un vínculo importante, mayor dificultad tendrá acomodarse a una nueva realidad.

Como he comentado, cuando una pérdida se convierte en algo elegido o bien, algo de lo que uno se puede hacer a la idea, ayuda a realizar una mejor elaboración, puesto que hay lugar y espacio para expresar nuestros afectos. Cuanto más inesperado, más tiempo será necesario para asumirlo, ya que este recorrido lo deberemos hacer con nosotros mismos. Es muy importante ser paciente y darse el tiempo suficiente.

Lo inesperado puede generar que la intensidad de lo que se siente nos sobrepase, conllevando sintomatología asociada, como una forma de dar salida a esa afección interna; por ejemplo, de tipo somático (dolencias físicas), comportamentales (aislamiento o insomnio) o emocionales (culpa, ira). Dado esta dificultad añadida, resulta fundamental hacerse cargo de nuestro sentir, para que no se convierta en algo más duradero y complejo en el futuro.

A mayor nivel de conciencia y mejor comunicación con nosotros mismos respecto a los que nos ocurre, mayor capacidad de entendernos y actuar en consecuencia. ¿Qué suele ocurrir? Que perder a alguien muy importante para nosotros o tener que renunciar al proyecto ansiado no hace de este camino algo sencillo teniendo que pasar por lo traumático, la negación o la evitación. Aspectos que dificultan y complejizan el proceso pero que a la vez es muy nuestro y consecuente.

Cuando echamos de menos, los recuerdos se agolpan en nuestra mente pretendiendo llenar ese vacío que genera tanta angustia. Es fundamental aprender a convivir con ellos, elaborando nuestra historia, conectar con las vivencias. Darle una palabra a ese rememorar, calma y acompaña cuando uno comienza a practicarlo.

Quizás tampoco ayude pensar en un futuro lejano que genera mayor incertidumbre, sino en tener presente que poco a poco se podrá crear un nuevo proyecto, un nuevo camino, un nuevo vínculo que recupere la esperanza y la ilusión.

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Un comentario

  1. Totalmente de acuerdo con todo lo expuesto. Yo perdí un ser muy querido en 4 semanas y siendo aún joven para irse. El no prepararte con tiempo hace que al dolor se una la rabia y la impotencia. Pero es una actitud egoista. Pensamos en nosotros, en el poco tiempo que hemos tenido para prepararnos y no en ellos, en que asi han sufrido menos.

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