Empezar, de nuevo.

Y las vacaciones llegaron a su fin.

Como todo principio, irremediablemente también llegó el momento de despedirse de las horas que parecen dilatarse y del tiempo que parece pertenecernos mucho más que en otras épocas estivales.

Dado que comencé este período realizando toda una alabanza a las mismas, por la importancia de dotarse de descanso y desconexión, no se me ocurría mejor modo de retomar este espacio hablando del retorno a la normalidad de cada uno.

Al menos en mi caso, la mayor parte de los reencuentros suelen comenzar con un diálogo similar, aludiendo a la añoranza de lo vivido, a la rapidez de su transcurrir, así como la incidencia que esto tiene en nuestro estado anímico, alegando al ya manido término depresión como una manera de calificar la vuelta. Parece tratarse de una sensación muy compartida, esta de mostrar la dificultad de volver, la pesadez interna que uno puede sentir al confrontarse con las exigencias y las listas interminables de quehaceres diarios.

Ahora bien, en algunos casos parece que esto va más allá de una mera desgana. Desde hace unos años atrás se viene oyendo el término síndrome postvacacional, haciendo referencia a un conjunto de síntomas característicos que acontecen al volver de mencionado período. He de reconocer que desde el punto de vista coloquial, me puede resultar elocuente; aun así, no puedo evitar que lo profesional se entremezcle internamente al escucharlo, chirriándome el concepto al pensar que cada vez se tiende a patologizarlo todo, hasta las sensaciones más coherentes y lógicas.

Buscando información al respecto, los artículos relacionados hacen hincapié en su conceptualización como un síndrome y no como patología, aun así existe la tendencia a encasillarlo en un trastorno adaptativo.

Entre la sintomatología asociada podemos encontrar apatía, decaimiento, ansiedad, insomnio o bloqueos, los cuáles pueden aparecer a la hora de retomar la vida activa, viéndose mermada la capacidad de concentración. Igualmente, se hace referencia a la predisposición que podrían tener algunas personas de sufrirlo; como aquéllos con menor tolerancia a la frustración, los “insensatos” que cuentan con largos períodos vacaciones, aquéllos que trabajan en un entorno desagradable o, simplemente, no les gusta su trabajo y se sienten menospreciados.

Considerar este listado como la propensión a padecer dicha sintomatología me llamó especialmente la atención. Es más, me incomodó, puesto que, ¿dónde reside el problema? ¿En irse y disfrutar de las vacaciones? ¿O en una rutina que no gusta ni hace sentir bien?

El primer problema de los síndromes y trastornos que colapsan últimamente medios de comunicación y desbordan de información las redes es que se tratan de generalizaciones. Uno podría sentirse identificado, pero lo importante es considerar los aspectos concretos de la vida de cada uno. Las generalizaciones pueden ayudar para reconocerse, para sentir el respaldo comunitario al saber que nuestras afecciones no son extrañas; pero el camino para buscar soluciones se basa en respuestas individuales y propias.

La vuelta a la realidad de cada uno no debería ser algo que generase un estrés acuciante y prolongado y si de eso se trata es importante dejar un espacio para pensarlo, obviamente, sin culpabilizar a nuestro tiempo de descanso por ello.

Todo ello también me lleva a pensar en el creciente número de casos que acuden a la consulta bajo la demanda principal de una situación laboral desbordante e insana, generando multitud de síntomas que llegan a normalizarse, siguiendo la dinámica de los anteriormente señalados.

Haciendo referencia a la entrada anterior, las vacaciones pueden tratarse de un tiempo de conexión con uno mismo, con nuestros deseos y necesidades. Como señalaba, sin duda, esto puede ser generador de angustia y malestar porque finalmente nos conduzca a confrontarnos con aspectos que queremos evitar y soluciones que imperan por ser tomadas. Si las vacaciones colaboran con poner distancia con unas circunstancias de las que queremos escapar, es lógico que la vuelta nos pueda hacer sentir francamente mal y desganados puesto que es la rutina aquello que no nos gusta.

Por ello, la sintomatología quizás da cuenta de una situación vital que desea ser cambiada, siendo injusto poner el foco de atención en aquello que nos conecta. Los síntomas son una señal de alarma de que algo no está siendo escuchado en nuestro interior; si aparecen, es importante dar una vuelta al conflicto que puede ser el causante de dicho malestar.

Imaginemos una novela, serie o película, dónde siempre resulta necesario un conflicto o un problema a resolver para que el personaje crezca, reflexione y nos lleve a algún sitio. Parece que busquemos siempre una quietud en la vida real, en la que quizás debiéramos cuestionar si realmente esto se trata de algo posible.

Reconocer un trabajo que no nos satisface o cualquier otro aspecto que no nos agrade en nuestro día a día puede generar variabilidad en nuestro estado anímico que quizás es importante normalizar. No todo es un problema y, cuando lo son, quizás deberíamos reconciliarnos un poco con ellos puesto que también forman parte de nuestro camino.

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