Los olvidados

Hace poco hablaba con una colega de profesión sobre la influencia que puede haber tenido la difícil etapa de confinamiento en la clínica actual. Resulta quizás algo confuso para todos, puesto que la normalidad, tal y como era, parece abrirse camino a empujones haciéndonos creer que no ha pasado nada, tomando distancia con lo vivido hasta parecer borroso, como si se hubiera tratado de un mal sueño.

Aun así muchos son los detalles que nos muestran que muchas cosas han cambiado, que hemos cambiado y que quizás es importante buscar espacios de comprensión, tanto en lo social como en lo individual.

Indudablemente todos hemos sido protagonistas en esta historia, dónde hemos tenido que hacer frente a pérdidas y lidiado con nuestros temores, no quedando otra opción que reconciliarse con la incertidumbre.

Aun así, hay una parte de la sociedad que creo que ha pasado algo más desapercibida; hablo de los adolescentes, esos grandes olvidados en muchas ocasiones. Pareciera que por su necesaria costumbre a las renuncias y su obligada adaptación a las nuevas circunstancias, les hubiéramos otorgado cierta inmunidad a sufrirlo.

Podría definirse la adolescencia como la etapa de la incomprensión, tanto para el que lo sufre como para el espectador. Los cambios siempre suponen un reto, mucho más cuando el mundo entero parece volverse del revés, en lo físico, lo emocional o lo social. Podríamos pensar que lo convulso de la etapa del confinamiento es el día a día de la vida del adolescente, aunque se venga venir es imposible prepararse para ello.

Es una etapa trascendental que, desgraciadamente, tiende a menospreciarse y subestimarse, cargando de exigencia para aquél que lo atraviesa. Podría considerarse una etapa de duelo, de ambivalencia entre dos mundos, rigiéndose desde la dependencia, ante la pérdida y el temor de lo desconocido de la edad adulta, a la independencia por el impulso de desprendimiento ante unos padres frente a los cuáles no se reconoce. Esto conlleva fricciones y confusión constantes.

Se construye una identidad más elaborada, resignificándose los primeros ideales y nutriéndose desde lo infantil junto con las circunstancias que ocurren. El modo en el que aparezcan y se vivan los conflictos, su intensidad y gravedad, estarán marcados por la calidad en el proceso de maduración y crecimiento de los primeros años, la estabilidad de los afectos y la manera de gestionar la frustración ante la adaptación de las exigencias ambientales.

La madurez solo será conseguida si se acepta independencia dentro de la necesidad de dependencia que suponen todos los vínculos.

Es común escuchar en consulta la continua queja de padres respecto a la falta de interés por todo del adolescente, pero no es así aunque sea cierto que su mayor ocupación es prestar atención a sí mismos.

Teniendo presente lo señalado, no resulta difícil augurar que la convivencia será complicada, puesto que la falta de entendimiento y las discrepancias se pondrán de manifiesto en el entorno cercano buscando reafirmar su yo. Ni qué decir tiene cuando un confinamiento se suma a la ecuación.

¿Y dónde encuentran su oasis los adolescentes? Su principal refuerzo suele encontrarse en el grupo de iguales, la vida social se convierte en su todo. Allí encuentran la comprensión; mismos puntos de vista, mismas sensaciones de confusión y deseos de exploración, lo igual les ayuda a encontrarse consigo mismos.

A pesar de que las pantallas se tengan tan interiorizadas, desde luego no habrá sido lo mismo durante tanto tiempo. No poder salir, ni tocarse ni abrazarse cuando sentir al otro quizás es más importante que nunca. Por esta razón, entiendo que quizás las discusiones en casa se hayan podido disparar, obligados a mirar más de cerca lo familiar cuando éste se torna a la vez tan desconocido y despojándose por obligación de los ambientes que más les identifican.

Además, es necesario tener en cuenta que aunque es una etapa de duelo, también lo es de construcción de un nuevo posicionamiento en el mundo pero, ¿en qué mundo pueden pensar ahora? ¿Deben pensar en su futuro respecto a la normalidad anterior? ¿O restringir las alas de la fantasía ante esta nueva normalidad más limitada?

Ante tanto desconocimiento, aún más si cabe para el desarrollo considerado normal, no me extraña que muchos de nuestros adolescentes se sientan angustiados, perdidos y confusos, aflorando síntomas como liberación de este sentir. La preocupación por su futuro también está en sus pensamientos, es justamente parte del camino que tienen que recorrer y que más suele aparecer en las sesiones de psicoterapia, la construcción de un deseo de vida propio. Esto puede generar muchos desencuentros por las expectativas de los demás, que remueven aspectos a veces complicados de las dinámicas familiares.

Por todo ello, el posicionamiento de los padres en esta historia es muy relevante, también ellos tendrán que hacer frente a su proceso de duelo ante ese niño que requiere protección y cuidado continuo, frente al que necesita espacio y comprensión. Intentar escuchar su punto de vista sin prejuzgar, ser flexibles y acompañarles, con atención e interés en su mundo pueden ser actitudes fundamentales.

Por todas estas razones, tanto desde lo social como desde lo familiar, deberíamos tener presenta la importancia de mostrar esta paciencia y escucha, dando el tiempo necesario para que aquéllos que están en etapa de construcción puedan responder acerca de cómo son con su propia voz.

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Un comentario

  1. «…aunque sea cierto que su mayor ocupación es prestar atención a sí mismos».
    Me parece una frase definitoria, tal como indicas, del periodo llamado adolescencia.
    La atención de sí y el descubrimiento del universo personal, es imprescindible para reconocerse, para convertirse en un adulto equilibrado.
    Qué difícil trabajo tenemos la sociedad entera para intentar que esa «atención a sí mismos», que bebe de tantas fuentes, se convierta en nutrición para nuestros jóvenes.
    Con este alimento serán capaces de desarrollar todas sus cualidades incluido la comprensión de este momento extraño.

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